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VIOLENCIA: de la complejidad al simplismo

(Por el Relacionista Público Eduardo Scarpa)

VIOLENCIA no es un tema ajeno al mundo, cuan ancho y largo es… Esto es cierto.
Pero en una Patria territorialmente pequeña como la nuestra -que hasta hace un par de décadas la desconocía, al menos en los niveles que hoy nos toca sufrirla- se siente en profundidad.

Los uruguayos la vivimos como un manto opresor: asfixia nuestra libertad de movimiento, acosa nuestra tranquilidad, y nos obliga a modificar hábitos y costumbres. Violencia e inseguridad se funden en un único argumento suficientemente fuerte para sustentar un pesado sentimiento compartido por tres millones de personas: TEMOR.

No será de quién suscribe que surgirá un análisis sociológico del tema, sino de nuestro compañero Pablo Gálvez -a cuya formación y capacidad nos referimos- quien seguramente desenrolle esta madeja en alguna oportunidad futura.

Estamos sí proponiendo meditar acerca del alcance que la comunicación moderna pueda haber tenido en los hechos que nos toca vivir, y en el manejo actual que de esto hacen los diferentes actores de nuestra sociedad a nivel nacional.

Casualidad o no, junto a la popularización de la comunicación llegó la expansión de la violencia en la comunidad mundial. La recibimos a diario en la prensa; en expresiones culturales como el cine, y –ni hablar- desde Internet.

Sin mencionar otras violencias que acosan al mundo, como los niños que mueren a diario en África a causa de la desnutrición; la destrucción medioambiental que practica el insensible e insensato ser humano, o el acecho desde las sombras que hacen grupos como Al-Qaeda.

Estamos impregnados de violencia e inseguridad, aunque la rechacemos en cuerpo y mente.
Pero, ¿ha sido la comunicación moderna una “escuela” para desarrollar espíritus violentos? Difícil de comprobarlo, pero imposible de descartar al menos como uno de los motores generadores del hecho. Porque, ¿quién puede hoy considerarse fuera del alcance de la comunicación y sus influencias? Pocos, muy pocos. Y seguramente esos son de quienes decimos que “están por fuera” del mundo…

En suma, en este planeta de vivencias globales, nos toca experimentar la violencia universal, en versión uruguaya.

¿Menos incisiva que en la Argentina o en Sudán? ¿Más exacerbada que en el hemisferio norte? ¿Qué más da, si esta cara charrúa de la inseguridad ciudadana nos muestra su mueca llena de sorna en gestos autóctonos? Contagiada u original, infunde iguales miedos…

¿Qué hacemos entonces con este fenómeno ya instalado en nuestra sociedad?
No somos de los que negociamos con la resignación; esa palabra no figura en nuestro diccionario. Mejor hablemos de acciones.

La segregación de los violentos y delincuentes tampoco es solución, porque separación es sinónimo de lejanía de la sociedad en que viven; les guste o no, y nos guste o no. Sería precisamente la comunidad la que debería convertirlos cuando fuese posible. Y cuando no lo fuese, reprimirlos y recluirlos hasta asegurarse de su reconversión en ciudadanos de provecho. Pero esto parece una utopía absurda en las actuales condiciones del sistema carcelario uruguayo.
Para todo esto, es que están las autoridades y el orden jurídico de nuestro país.

Pero precisamente, uno de los problemas para enfrentar el fenómeno radica en la actitud del actual Gobierno, que desde su concepción “humanista” o “integradora” de la sociedad no admite la represión, aún cuando ésta se haga necesaria.

En otros, directamente -desde el Ministerio del Interior, y en muchos casos, el propio Presidente de la República- se intenta atenuar los efectos del problema adjudicándole a la Prensa (a cuya mayoría considera actuando a favor de la oposición) la responsabilidad de “una mayor difusión que antes” de los hechos policiales.

Lamentablemente, son los propios números oficiales los que contradicen esta afirmación, dado que todos los delitos han aumentado, con mayor énfasis aún en los violentos.
Como comunicadores y formadores de personas, entendemos que el fenómeno debe enfrentarse desde todos los ángulos posibles. Esto comprende a lo social, lo educacional, lo correccional y lo comunicacional.

Efectivamente, a lo comunicacional también. Porque las fallas de acción y comunicación sobre la violencia e inseguridad ciudadana que evidencia el Gobierno, no sólo no pueden, sino que no deben ser disimulados por la Prensa, más allá del estilo que utilice cada Medio.
Es al Gobierno que compete la responsabilidad de gobernar y ejercer la autoridad que le fue conferida, y a la Prensa que cabe la de informar.

Asumiendo cada uno de nosotros las responsabilidades de nuestros respectivos roles, es que se construye una sociedad, y –como dice uno de nuestros lemas- una Nación mejor.
Con menos violencia, e inseguridad.

Téc. RR.PP. Eduardo Scarpa

 

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